Villa Urquiza: La vida después del cementerio

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“Aunque fue hace mucho tiempo, la mayoría sabe que aquí hubo gente enterrada”, confiesa Luisa, una octogenaria vecina del barrio. La Plaza “Marcos Sastre” de Villa Urquiza es un espacio lleno de vida donde los chicos se hamacan y los jubilados juegan todos los días a las bochas. Pero el predio guarda un viejo secreto: en sus entrañas alberga un cementerio.

La plaza -delimitada por las calles Monroe, Miller, Valdenegro y las vías del Ferrocarril Mitre– funcionó entre 1875 y 1898 como el segundo “Cementerio de Belgrano. Las epidemias de cólera y fiebre amarilla de aquella época empujaron la creación de lugares de entierro en diferentes puntos de la Ciudad de Buenos Aires. Uno de los sitios elegidos fue este terreno que poco a poco vio colmada su capacidad y finalmente fue clausurado a fines del siglo XIX.

Luego de la reapertura del Cementerio Municipal de la Chacarita en 1896 -por aquel entonces conocido como Cementerio del Oeste- se decidió trasladar los restos a dicho predio. Sin embargo, algunos vecinos están convencidos de que algunos muertos se quedaron para siempre y de que no todos fueron removidos. Luis Alposta, historiador y escritor de “Geografía Íntima de Villa Urquiza” (1981), recuerda que las bóvedas y varias lápidas permanecieron en total estado de abandono hasta que en 1919 se declaró el terreno como plaza pública. “Recién en 1945 se convirtió en la actual Plaza Marcos Sastre”, acota con precisión.

Mientras estuvo abandonada, la plaza fue un lugar tétrico y sombrío, escenario de montones de mitos e historias de terror barriales. Con cierta naturalidad, José, el encargado del Centro de Jubilados, cuenta que hace no muchos meses, en la última remodelación de los juegos, se encontraron restos humanos. ¡Hasta una calavera encontraron los trabajadores de la obra!”, se horroriza.

Por el contrario, Basilio Sioutis, ex delegado comunal con más de 30 años en la comuna 12, afirma que el Cementerio de la plaza nunca fue un tema tratado en la comuna y que “tampoco han habido denuncias sobre la aparición de huesos en las últimas mejoras de la plaza”. De todas formas, confiesa que la mayoría de los vecinos que tienen algunos años en el barrio saben que allí había tumbas por historias transmitidas de boca en boca.

Decenas de años atrás, los niños del vecindario se acercaban, desafiados por sus pares, a la vieja escalinata que existió en la esquina de la calle Miller. Allí había un túnel oscuro y tenebroso que llevaba al subsuelo y que asustaba a los curiosos intrusos. Era el “hogar de espíritus y fantasmas”, recuerda Julio, otro de los vecinos. En realidad, dicha escalera conducía a un depósito utilizado por los trabajadores del ferrocarril. Pero los mitos del cementerio siempre fueron más fuertes que cualquier explicación sensata.

A pesar de haber superado el tan temido abandono y de haberse convertido en un lugar de encuentro para las familias de Villa Urquiza, la historia secreta de la Plaza “Marcos Sastre” vuelve una y otra vez y es transmitida de generación en generación.“Es inevitable pensar que todos estos árboles tan viejos y todas las plantas que crecen tan frondosas emergieron sobre tierras abonadas por restos humanos”, acota la vecina Cristina, mientras pasea a su perro y deja unas flores en el altar de la virgencita que custodia el sendero principal de la plaza que sobrevivió al cementerio.

Florencia Barreiro/AC / Comisión 1

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