Residencias médicas: la vida no es sueño

Ilustración de Alberto Montt

Ilustración de Alberto Montt

María baja del subte en la estación Ángel Gallardo a las 7 de una mañana fría de primavera preguntando de dónde sacaba fuerzas para trasladarse. Ella es una de las 2674 residentes que forma parte del circuito hospitalario de la Ciudad de Buenos Aires. Un hospital porteño brindó la posibilidad a Agencia TAO de acompañar a esta residente durante su guardia a cambio de no revelar el nombre de la institución. 
Violetta, el Hombre Araña, los Power Rangers; los personajes que custodian las nueve habitaciones del tercer piso revelan que llegamos a la sala pediátrica. La excepción es una puerta que advierte “acceso privado”. Allí es donde nos dirigimos con la flamante residente.
María está en el primer año de su residencia en pediatría. Decidió estudiar medicina dos años antes de terminar su bachillerato en la Escuela Carlos Pellegrini de la UBA. En julio del 2014 se recibió de médica y después preparó varios meses para el examen de residencia, que consta de 100 preguntas multiple choice con 5 opciones de respuesta cada una. Por el puntaje obtenido en dicho examen, la residente adjudicó para el hospital en el que nos encontramos.
En la sala esperan dos médicos de planta; el jefe de residentes (en general ocupan este cargo aquellos que terminaron la residencia y tomaron el puesto de jefatura) y la instructora que se encarga del aspecto educativo de los aprendices; el médico de guardia; un residente de cuarto año y los dos residentes de primer año. Todos tienen la misma tarea: deben tomar nota de cuál es el estado de todos los pacientes del piso.
Los pases de guardia se llevan a cabo en esa habitación. María deja su bolso en uno de los muebles que se encuentran en la sala y toma asiento en la mesa que ocupa gran parte del espacio. El cuerpo médico comienza a embarcarse en las decisiones que se tomarán a lo largo del día con cada uno de los pacientes internados. En un estante reposan fotos de los médicos residentes, juegos, cartas de algunos pacientes y hasta un machete de fármacos a recetar en caso de urgencia. En el pizarrón blanco la frase motivacional de todas las mañanas dice:

“Si puedes curar, cura. Si no puedes curar, calma. Si no puedes calmar, consuela.”

María recorre el hospital en busca de autorizaciones, insumos y papeles. Bajar y subir por las escaleras del hospital es pasar por un laberinto de ventanas pequeñas y circulares. Flota entre los techos de la escalera una nube de humo generada por los cigarrillos furtivos de algunos médicos.
Al llegar a la sala de acceso privado, María toma la carpeta que siempre lleva consigo y comienza la revisión grupal de datos: nombre y apellido, habitación, fecha de ingreso, edad, peso, diagnóstico, la medicación de cada paciente y antecedentes. La residente pasa en el hospital alrededor de 64 horas semanales. Es decir, ingresa a las siete de la mañana y se retira de la institución al otro día a las cinco de la tarde. Por esta razón es que María y su compañera de primer año son las que mejor conocen el funcionamiento del hospital. O al menos, a eso se aspira el sistema de residencias. Esta vez le tocó a su compañera indicar a todos sus superiores cómo fue la guardia de la noche anterior y cuál es el estado de todos los pacientes del piso. El médico de planta ve a los pacientes una sola vez a la mañana todos los días, el médico de guardia una vez por semana y el residente los ve todos los días a toda hora.
Los hechos suceden bajo la mirada vigilante y atenta del jefe de residentes, la instructora y el médico de planta. Ninguna de las dos residentes debe omitir ningún dato. Repiten más de una vez para alinear conceptos. Ante la pregunta de la instructora sobre el peso de un paciente, María contesta con otra pregunta.

-¿Por qué me toca a mí pesar a todos los pacientes? – protesta con desgano y malhumor. Pero la respuesta de los superiores es contundente:
-Me pagan por tomar decisiones, no por pesar a los pacientes –

“El pase de guardia sirve para eso, ahí está la clave del día. Por eso es tan importante que todos estemos alineados” comentan los superiores. En la medicina hay una especie de percepción de lo que padece el otro, el pediatra no debe leer sólo los síntomas del paciente sino que debe entender el contexto en su totalidad. A la mirada que se hace del enfermo se le suma la de los padres. Ese es su mayor desafío. Que esa lectura sea correcta. Y la residencia apunta a eso, a entrenar esa mirada. Al finalizar el pase, María toma su hoja de anotaciones junto a su carpeta con el esquema del día: los imprescindibles. Aquello que no puede faltar.
Avanza la tarde y la actividad de la residente comienza a aumentar. María pasa por las nueve habitaciones para revisar a todos los pacientes, lo hace apurada, sabe que le queda una larga jornada. Entra a una habitación, pesa al chico, lo revisa, diagnostica y controla la medicación. Sale y entra a otra habitación: pesa al chico, revisa, diagnostica y controla la medicación. Sale y entra a otra habitación: pesa al chico, revisa, diagnostica y controla la medicación Hasta que llegamos a la habitación de un paciente con una dificultad respiratoria, María me explica que la instructora solicitó realizar un seguimiento de ese paciente para presentar en el ateneo. La instancia evaluatoria de todo residente se juega en esas reuniones. Allí presentan casos y posibles resoluciones.
La dinámica residencial ha comenzado. Al finalizar el recorrido, María solicita en el laboratorio un análisis de sangre. Llama pero no contestan. Va hacia la enfermería. Hay una inmemorial rivalidad entre el cuerpo médico y los enfermeros.

– Siempre los tenés que tener de tu lado- me aclara María al oído

Regresa a la sala para intentar nuevamente dar con el sector de laboratorio. Logra que se lo autoricen y se dirige hacia la habitación 309 para controlar nuevamente los signos vitales del paciente. Vuelve a la habitación y le realiza un interrogatorio a la familia con todos los datos que al otro día en el pase de guardia le brindará a sus compañeros. Nombre, edad y habitación en la cual se encuentra. Después continúa con los antecedentes, le pregunta si alguna vez estuvo internado, por qué razón fue, si está tomando alguna medicación, le consulta sobre el calendario de vacunación, dónde viven, de qué trabajan.
– El interrogatorio que se lleva a cabo en pediatría tiene un componente social que en otras especialidades no existe – me cuenta la instructora
María saca un papel del bolsillo de su ambo, corre por los pasillos en busca de su carpeta y anota un recordatorio. Ella debe adjuntar los resultados del estudio que pidió al laboratorio y en caso de solicitar otros estudios también deberán agregarse a esa carpeta. María, agobiada por el pedido constante de cambios en el diagnóstico, solo le coloca el nombre del paciente.
Alrededor de las cinco de la tarde el hospital calma su ritmo. La residente que no se queda en la guardia se retira y María, a quien le toca cubrir el turno de esta noche, se dirige a una habitación reservada para los médicos de guardia. Según su jefe, podría optar por ponerse a estudiar pero no es una opción para ella. María prefiere tomarse un descanso porque sabe que le quedan 24 horas dentro del hospital.
Alrededor de las ocho de la noche se realiza un pase de guardia más pequeño que el de la mañana. Natalia, la médica que tomó la guardia, invita una docena de facturas mientras María le cuenta cuál es el estado de todos los pacientes.
A medianoche vuelven a reunirse. Esta vez para establecer cuáles son los pasos a seguir en la guardia. Como no hay nada por hacer, las dos médicas se retiran a la habitación para descansar en unas sencillas camas cuchetas de madera de pino. La médica descansa en la cama simple mientras a mi me toca estar debajo de la cama de la residente. Las tablas de madera llevan los sellos de todos los médicos que hicieron su residencia en este hospital.
A la una de la mañana suena el teléfono. El servicio de guardia que funciona en planta baja informa el ingreso de un paciente de 10 años con una infección en la piel. La residente atiende exaltada y avisa que ya pueden realizar el pase. Se levantan las dos, se lavan la cara y salen a recibirlo. El paciente llegó de la guardia externa medicado con antibióticos. Después de una hora María comprueba que el chico no responde a la medicación. Le toman la presión cada diez minutos. Natalia, con María a un costado, realiza un procedimiento médico que consiste en pasarle la medicación a través de una inyección. El paciente sigue sin responder. Son las dos de la mañana. Natalia le indica a María que van a tener que hacer el pedido para pasarlo a terapia. Tras media hora encuentran camillero que pueda hacer el pase y junto al jefe de residentes pasan el paciente a terapia. Son las cuatro de la mañana. Ahora sí, Natalia y María pueden acostarse. Siempre y cuando no haya un nuevo ingreso.
A las siete y media María se levanta, toma de su bolso personal el cepillo de dientes y pasa al baño. Al salir su cara le suplica por favor unos minutos más. Pero no hay tiempo. El hospital es una máquina que vuelve a ponerse en marcha y el horario del pase de guardia urge.
A las ocho de la mañana Natalia cumple su guardia y se retira a descansar pero María debe continuar con sus tareas cotidianas, como en un déjà vu otra vez las tareas administrativas. Casi hipnotizada, entra a una habitación, pesa al niño, lo revisa, diagnostica y controla la medicación. Sale y entra a otra habitación: pesa al chico, revisa, diagnostica y controla la medicación. Las horas transcurren y se acumulan sobre María como toneladas de cansancio que se manifiestan en sus ojeras y en su mirada. Pero debe aguantar y hacerse fuerte porque de vuelta arranca el horario pico del hospital y ella tiene que resistir hasta las cinco de la tarde. En total, más de 30 horas en actividad.

Victoria Pensa/ C.S/ Comisión 04

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