Graffitis: el conflicto entre arte callejero y espacio público

Mientras las persianas de los comercios del centro porteño permanecen abiertas, la circulación entre compradores y vendedores parece invisibilizar toda discusión respecto a la propiedad de los espacios. Pero cuando los locatarios cierran las persianas de sus negocios, aparece un problema: la enorme cantidad de graffitis no autorizados que cubren los frentes de todos los comercios.

Cortina metálica grafiteada en Libertad al 200. Foto: Santiago Ciraolo

Cortina metálica grafiteada en Libertad al 200. Foto: Santiago Ciraolo

 No más “mamarrachadas”

Sobre Libertad, entre Corrientes y Rivadavia, se encuentra la mayor densidad de joyerías de la Ciudad de Buenos Aires. En los últimos años, las fachadas de estos históricos locales han experimentado considerables deterioros producto de las pintadas callejeras. Tanto muros, vidrios y persianas son objeto constante de este tipo de manifestaciones, que en ningún caso se realizan con consentimiento de los locatarios.

La joyería de Emiliano se vio afectada por las pintadas. Foto: Santiago Ciraolo.

La joyería de Emiliano se vio afectada por las pintadas.
Foto: Santiago Ciraolo.

Para Emiliano, dueño de una tienda de antigüedades del sector, los graffitis son un perjuicio para los propietarios. “Es permanente, porque uno lo borra, lo sobrepinta con la pintura original y a los días lo vuelven a pintar. Es un problema habitual”, señaló el comerciante.

Similar es la experiencia de Sami, propietario de una joyería, que aseguró haber sufrido en dos oportunidades la pintada del frente de su local.

A la Joyería Maik no solo le pintaron el frente sino arriba del cartel también. Foto: Santiago Ciraolo.

A la joyería de Sami no sólo le pintaron el frente sino arriba del cartel también. Foto: Santiago Ciraolo.

Respecto a posibles soluciones, ambos señalaron que nada se ha hablado entre los comerciantes, que es un tema que lamentablemente queda fuera de las prioridades.

Si es con permiso, todo bien

Entre los transeúntes que frecuentan la zona, las opiniones son variadas. Algunos, como el oficinista Gabriel Díaz, piensan que las pintadas representan un conflicto con la legalidad al vulnerar el patrimonio privado de terceros. En cambio, para otros, como el estudiante Raúl Ponce, el graffiti no es un problema mayor. “No sé si es arte o contribución, a veces hay rayados bastante feos. El tema es que si se pinta, que se pinte bien, si se arregla con el dueño, no le veo drama”, dijo el joven.

El espacio como derecho

Para el arquitecto urbanista Mijaíl Jara, las pintadas callejeras son un tema fundamental a la hora de entender el espacio. En diálogo con AGENCIA TAO, apuntó que la cuestión del espacio trasciende al problema de lo público y lo privado. Además, explica al graffiti como un problema de apropiación del espacio: “Así como el transeúnte coloniza desde la pintada, el privado también coloniza el espacio, y lo hace desde la inocencia de una reja de antejardín hasta la violencia de una reja electrificada o de las cámaras de seguridad”.

Al ser consultado respecto del conflicto de intereses entre dueños y graffiteros, opinó que en las políticas públicas no suele contemplarse esta problemática. A su vez, agregó que es necesario entender lo público/privado como una posibilidad de generar cohesión en pos de construir un espacio público más amplio.

Cristóbal Salgado-Machuca/ S. N. C. / C4

GALERÍA DE IMÁGENES Fotos: Santiago Ciraolo.

 

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