Parto humanizado y violencia obstétrica

Fuente: “Todo mujeres alteradas” – Maitena

La ley 25.929 define al parto humanizado  como el respeto que se debe tener tanto hacia el bebé como hacia la mujer y sus decisiones. Sin embargo, la violencia obstétrica se da de diversas maneras. Las cifras reveladas por la Organización Mundial de la Salud indican que en Argentina el índice de episiotomías es del 87% y el de cesáreas 22,8% en el sector público (aún mayor en el sector privado), cuando las recomendaciones del organismo son de 30% y de 15% respectivamente.


Según Carlos Burgo, obstetra que se desempeña de modo independiente y principal impulsor del movimiento por el parto humanizado en Argentina, “la normativa legal que debiera regular la práctica humanizada está contemplada en tres leyes: la ley 25.929, la ley 26.529 sobre Derechos del Paciente, y la ley 26.485 de Protección integral de la violencia contra las mujeres. Esta última define a la violencia obstétrica como “aquella que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, expresada en un trato deshumanizado, un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales”.

El embarazo no es una enfermedad

Conforme a la legislación, la mujer embarazada tiene derecho a ser considerada como persona sana para que se facilite su participación como protagonista de su propio parto. “Si bien el proceso transita dentro de una institución médica no es una enfermedad y la sala de partos no es un quirófano”, afirma Silvia Kennedy, obstetra del CEMIC.

De acuerdo con esta perspectiva, concebir a la embarazada como persona enferma es una forma de violencia porque implicaría privarla del derecho a decidir sobre su cuerpo y sobre cómo quiere que se desarrolle su parto. “En nuestra cultura el poder del guardapolvo blanco es impresionante y hay que hacer entender que los médicos no pueden atropellar los derechos de las mujeres durante su parto”, explica Sonia Cavia, presidenta de la organización Dando a Luz.

Valeria Pons Zusis, quien posee un microemprendimiento de fulares para bebés, experimentó este tipo de violencia cuando dio a luz a su primer hijo. En sus palabras: “Sentí  que no era la protagonista de lo que pasaba. Parecía que todo era un trámite, que tenía que terminar de forma positiva. Con el bebé y la mamá de alta sanos, y que el durante no importaba”.

No a las intervenciones innecesarias

Aunque la OMS indica que la episiotomía (incisión para ampliar la abertura vaginal), la inducción del parto, la administración por rutina de analgésicos o anestésicos y las cesáreas sólo deben realizarse para corregir o evitar una complicación en el parto, la Organiza­ción Panamericana de la Salud (OPS) informó que en muchos casos se practica como una obligación cuando debería ser una elección.

Por su parte, Cavia afirma: “Hay una nueva ley, pero la sociedad argentina desconoce sus derechos porque el Estado no tiene una política explícita de difusión. A las mujeres se les abre un mundo cuando se enteran que pueden negarse a recibir determinados tratamientos”.

“No es para tanto”

La ley 26.529 establece que toda persona merece un trato digno y respetuoso. Pero la práctica cotidiana no siempre se corresponde con este ideal. “Mi hija nunca tuvo sufrimiento fetal pero los médicos me sentenciaron a cesárea, y constantemente me decían que no proteste, que no era para tanto, porque arriesgaba la salud de mi hija.  Mi obstetra ya había dado la orden para la cesárea sin consultarme, y yo estaba aterrada con un monitor atado a mi panza, tirada en una camilla de la guardia”, cuanta Helena García, quien tuvo a su bebe en el Hospital “Ramos Mejía”.

Algo similar le ocurrió a la periodista Carla Czudnowsky en un sanatorio privado de la ciudad de Buenos Aires, quien cuenta en su blog que como consecuencia del maltrato sufrió ataques de pánico durante meses y tuvo serias dudas sobre si podría ser una buena madre.

Stefanía Bourbotte y Luisina Santiago – S. B. – 02

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